Luchando contra gigantes

 

Lic. María Angela Pennella.
Residente de Cuarto Año - Hospital Dra Carolina Tobar García.
Noviembre 2001.

E-mail: mariapen@uol.com.ar

 

 

“La ferocidad de los gigantes sólo es comparable a su grado de estupidez. (...) cuando el adversario es un hombre, muchas veces la inteligencia y la astucia resultan ser las mejores armas. No es demasiado difícil engañar a estos alelados e ingenuos colosos.”  

Francesca Lazzarato, del libro: “El mundo mágico: gigantes, ogros y trolls”.

 

Colgado desde una ventana Tasmanio me increpó con el puño cerrado: “Qué mirás, cuando baje te voy a cagar a trompadas”.

La historia que en los pasillos corría sobre él decía que se quizo matar, que tenía crisis de furia en que se golpeaba y rompía cosas, que amenazaba con tirarse de las alturas mientras caminaba por las cornizas y los tirantes del patio de la institución dónde vívía, que hacía un par de años que no vivía con sus padres y hermanos debido entre otras causas a sus reiteradas fugas del hogar, que al parecer tenía mucha “calle”, que consumía, que sabía manejar armas, que delinquía.

Tasmanio -así llamaré al personaje que hecho piel tomaba cuerpo en este niño- contaba con tan sólo 12 años. Y me llevó cierto tiempo descubrir oculto en Tasmanio a Juan, el niño.

Jauretche, en su Manual de Zonceras Argentinas sostiene que es el mero análisis de una zoncera lo que hace que el zonzo deje de serlo.  Existe una proporción directa entre zoncera y ferocidad que es tan válida para los “gigantes” como para los adultos que padecen de estupidez, quisiera relatarles cómo Juan me enseñó a disminuir, a lo largo de los casi dos años que duraron nuestros encuentros, la ferocidad de los miedos que Tasmanio me despertaba .

 

La oveja disfrazada de lobo.

 

Al preguntarle porqué fue internado responderá con esta fantasía a la par que  dibuja una espiral: “Un remolino... ah, ah, ah!. ¡Se cae a un pozo!. Pufff.....murió porque no tiene aire ahí abajo. Ahí viene superman. Salva a la familia porque no tenía oxígeno. Saca a la familia , la lleva al hospital, se salvaron. Ahí se curaron. ... Y viene otro remolino. Se cayó superman. Y hace pis, pis, pis y lo cagó a piñas al remolino”.

‘Eso’ lo traga, lo hace caer, lo mata. Será necesario todo el “pis”, todo el “cagar a piñas”, para vencer a ‘eso’.

En los primeros meses de tratamiento, en los juegos que proponía, él encarnaba a un “rey” malvado,  despiadado, gritón, prepotente, que “no podía perder” ya que conocía  todas las reglas. El ser vencida una y otra vez me condenaba a un eterno encierro en su reino.

Describiré tres de los juegos de ese rey malvado, al que bauticé Tasmanio:

Jugando a la casita robada, sólo él podía robar-comer mis cartas.

Jugando con las piezas negras del ajedréz, Tas inventó un juego al que llamó “cacadrez”, los movimientos eran arbitrarios y veloces y el fín del juego era comer de golpe el mayor número de piezas del contrincante. Claro que sólo él tenía el poder de autorizarme comer alguna de sus piezas e indefectiblemente terminaba las partidas al grito de: “Gané, te cagué.”

Estos juegos se llevaban a cabo mientras devoraba compulsivamente bolsas de caramelos y chupetines traídos por su madre.

Parecía que la forma en que ponía tope al ansia voraz imaginada en el Otro, era devorando él primero. Mi estrategia fue hacer semblante de abstinencia: cuando rara vez me ordenaba comer una pieza [1] , simplemente le decía no tener deseos de comer (lo), y preferir moverme y pasear por el tablero o fuera de él.

Cuando, después de varios meses,  su ansiedad voraz comenzó a disminuir, comencé a sorprenderme al observar que conocía bastante bien los movimientos reglamentarios de cada una de las piezas del ajedrez, Juan comenzó a manifestar su temor de que las piezas fueran comidas, y a preocuparse por cómo protegerlas mejor, entonces descubrió que no siempre “el ataque es la mejor defensa”, que se podía proteger una pieza de ser comidamoviéndola o con la posibilidad de un movimiento virtual de otra pieza que cuidaba de la amenazada.

Finalmente mencionaré el juego del “Tiro al blanco”, que Tas bautizó como “Pena-les”. Se trataba de atajar las pelotas que supuestamente debían entrar al arco, pero que irremediablemente terminaban golpeándome con mucha fuerza, mientras gritaba: “Te voy a romper la cabeza”, “Voy a patear a matar” . Mis intentos por darle un marco lúdico a ésta propuesta de Tas fracasó, enojado me dijo que él no estaba jugando sinó pateando “de verdad”, mostrándose imperturbable frente a mis quejas por el dolor de los golpes. Con seriedad entonces, interrumpo la escena. Inmediatamente sale del consultorio corriendo al baño al grito de un “Me hago, me hago encima!”. 

Por varias semanas interrumpió las sesiones en búsqueda desesperada de un baño.

El autoerotismo (oral, anal)  hace “presente” eso que no accede a ser “representado” en la escena de juego de la infancia, y que devora a Juan, al niño: ¿a qué responde la irrupción de éstas “presencias”?, ¿qué lugar ha ocupado Juan en la sexualidad parental, de qué forma ha sido erogenizado su cuerpo que parecieran las marcas eróticas no poder borrarse, olvidarse, re-presentarse?.  

Progresivamente Tas comenzó a patear al arco de más lejos, con lo cual la violencia del golpe se aminoró. Empezó a preocuparse por gambetear y esquivarme, más que por golpearme. En éste juego también, descubre que ir al encuentro fusional y angustiante con el otro, encuentro generador de excitación y dolor no era la única, ni la mejor defensa. Bastaba con moverse, con eludir la confrontación .

Sobre la pelota comenzó a recaer la violencia: generalmente no llegábamos a terminar un encuentro sin que ésta sufriera un pinchazo o fuera arrojada irrecuperable tras los muros del Hospital.

Mi alivio por no ser ya mi cuerpo el que recibía los golpes, hacía que paciente, repusiera una y otra vez la pelota. Cierto día un compañero me interroga acerca del stock de pelotas con que llegaba a la residencia, le respondo con un cansancio que dio lugar a la risa cuando me escucho decir: “Es que Tas está rompiendo mucho las pelotas”.

Supervisión mediante, me pongo a pensar porqué Tas buscaría inscribir faltas en mí despertando mi dimensión deseante, cómo era posible que me supusiera completa, sin fisuras, que buscaba descompletarme cada vez que  rompía una pelota, o que me pedía un juguete para “perderlo” irremediablemente después.

Es a partir de éstos pensamientos que me decido a poner a jugar mi aflicción frente a la pérdida de lo que quiero. Traigo un oso de peluche, un linyera, al que le invento una historia: que es mío, que me tiene preocupada, que llora mucho en casa, que está solo, le pregunto si se atrevería a acompañarlo y cuidarlo mientras esté en el hospital. Se descoloca “¿Yo?” pregunta Juan y con su pregunta parece decirme “¿Vos confías en mí?”. Acepta la propuesta. Días después mostrando una gran pesadumbre, dice: “Te voy a decir algo que te va a poner mal... el oso... lo robaron”. Simulo dolor y preocupación: “¿lo cuidará bien quien lo tenga? ¿qué crees?”. Me consuela.

Una ausencia se hace presente por la vía de la palabra. Se re-presenta. Una ausencia empieza a tener una historia.

Con el tiempo Juan fue contando que ése oso así como muchos otros objetos,  le fueron confiados  a su madre. Ésta que se llevaba a su casa todo lo que el niño le daba, sin preguntar su procedencia, solía dárselos a sus otros hijos, regalarlos o tirarlos.

En esa época Juan realiza “un dibujo así nomás”, dice él, “ Así no más”, leo yo.  En el dibujo una casita “flaquita” no tiene lugar para ser habitada por dos hermanos que juegan a esconderse en la cercanía. El “hambre”, no deja disponible lugar en el Otro, para alojar a los niños...

 

Los padres de Juan

 

Juan cuando contaba con 10 años comenzó a vivir en una institución, ya que según el decir materno: “Juan me sacaba de las casillas [2] , me agarraba mucho la calle, se me escapaba... no podía ponerle límites, me insultaba, me decía ‘si vos me mandás yo me escapo’,  entonces fui al juez y pedí una ‘protección al menor’ para resguardar a los grandes”.  Proteger a los grandes, protegerse ella,  del niño que pueda hacerla recordar su infancia signada por los maltratos y los abusos de todo tipo.

El papá de Juan lleva sus carencias hechas piel, considera que “el  hombre propone y la mujer dispone”, está afectado por la reciente pérdida de su abuela, por quien fue criado ya que su madre lo abandonó; ante el menor signo de rechazo de su entorno suele encerrarse en sí mismo y beber, con respecto a su hijo considera que es un problema que “a veces se le da por mandarse solo”, y cree que “Cuando de ambas partes no hay respeto es la mujer la que pone las reglas entre los hijos y el marido”. Roberto trabaja matando animales en un frigorífico.

Los padres de Juan, ven en su hijo un manojo de impulsos que ‘escapan a su control’. Ven a alguien que “viola” la confianza depositada en él, remitiendo a ambos progenitores  a lo más traumático de sus propias historias, a los “violadores”y “abusadores” que a ellos los hicieron objetos de impulsos sin ley.

Cuando Juan tenía 8 años sus padres deciden bautizarlo: “Es que, vio lo que dicen de los chicos no bautizados, que son unos diablitos”. Cuando la bendición de Dios no logró, lo que ellos tampoco lograron con la  violencia corporal hacia el niño deciden excluirlo de su casa.

La función parental dadora de velos imaginarios que contribuyan a la estructuración de una imagen especular unificadora del manojo de tendencias autoeróticas es fallida.  

Cuando Juan contaba con 2 años de vida, muere a las 24 horas de nacer un hermano varón. Diez años después de éste hecho, Juan con su madre visitan el cementerio a fin de dejar una flor en un monumento dedicado a la cantante Gilda. Allí su madre le cuenta entre lágrimas sobre la existencia de ese niño muerto. Luego de esa visita al cementerio, Juan comienza a realizar acciones riesgosas que ponían en peligro su vida, decía que se quería caer de las alturas, “hacerse mierda”, “romperse la cabeza” a fin de “morir  para estar con su hermanito en el cielo”.  

Cierto día en el hospital, preso de tristeza, se revuelca en la tierra y luego al pie de un árbol espinoso dice: “Voy a subir a éste árbol, y me voy a pinchar todo, voy a subir, tirarme y morirme”...

 

Las historias y los cuentos como pantalla frente al goce parental.

 

Iba descubriendo a Juan, dudando de la consistencia de Tasmanio, y en la escena de juego comencé a contar para Juan al hacerme portadora del dolor de una pérdida.

A partir de ese momento Juan comenzó a interesarse por el relato de cuentos. Podía quedarse quieto toda una sesión simplemente escuchando.

 Progresivamente los malvados comenzaron a habitar los cuentos y no ya su piel.

Escucha absorto el relato de los dos hermanos huérfanos que se devoran una casa de dulce y sufren la amenaza de ser devorados ellos por la malvada bruja, pregunta: “¿El hermano se murió?,¿Dios ayudó a los hermanos?”.

Escucho asombrada cómo le relata entusiasmado a su madre: “¿Sabés que los gigantes se comen a la gente?, pero son tan tontos como grandes, entonces hasta un chico puede vencerlos. Por ejemplo si se les cuenta adivinanzas hasta que sale el sol se convierten en piedra y hay uno que si le cantás fuerte, baila y se desarma”.

Al venir su padre a visitarlo propone el niño que los tres juguemos al “juego de la loca”, padre e hijo se pasan la pelota, y yo -la loca- debo tratar de arrebatársela sin éxito. 

Mientras descansamos le comento a su padre cuan significativo me pareció el juego. Que su hijo busque aliarse con él a fin de vencer a una mujer, relacionando ese triunfo con la necesidad de Juan de ser protegido frente a los rezongos y amenazas de abandonos maternos.

Juan  interviene: “Yo estoy enojado con mamá. Por su culpa no puedo jugar-jugar en mi casa y estoy como una pelota de ping-pong de aquí para allá, de un instituto a otro y yo quiero estar en mi casa. No sé porqué estoy yo acá si cuando se enoja es mi mamá quien se pone loca, que la internen a ella”.

Juan realiza una lectura sobre su ubicación en relación a su madre: el  haber encarnado el ser “la pelota de mamá”, el haber estado capturado en las redes del deseo caprichoso del otro sin poder tomar distancia, obturando, disimulando con su dar vueltas la locura de su madre.

Comienza a proponer escenificaciones donde se lleva a cabo, con armas imaginarias, la lucha entre las fuerzas del bien y del mal: la mancha, policías y ladrones, dragon ball Z  contra Sel (Sé-él). Los buenos siempre tenían una casa donde guarecerse y preservarse de ataques inoportunos.

 

Barrando al Otro.

 

Luego de siete meses de internación, sus padres insisten en que Juan no vaya a vivir  a una institución, y que se realice un intento de convivencia con ellos.

Este intento de convivencia trajo aparejado el retorno de Tasmanio a las escenas de juego: explosivo, prepotente, volvieron los gritos, los reclamos hacía mí, los reproches hacia el hospital. Luego de sus crisis de furia, Juan solía cobrar cuerpo, angustiado y temeroso, articulaba preguntas que me conmovían profundamente: “¿Por qué se murió mi hermanito, si él era un angelito, por qué no me morí yo que soy maldito?”. “¿Porqué mis papás me pegan a mí  y a mis hermanos no?”,”¿Tienen derecho de pegarme?”.

El intento de convivencia mostró sus limitaciones, lo que motivó que se buscara un lugar para que Juan pudiera vivir... y esa búsqueda llevó más de un año. A lo largo de ése año la posición de Juan era ambivalente: a veces pedía que los permisos de salida a su casa fueran más prolongados (eran de dos días), otras veces retornaba solo, antes de su finalización muy enojado por alguna escena violenta en su casa reclamando el pronto encuentro de un lugar donde pudiera vivir y “jugar”, y aconsejándonos que el lugar buscado no fuera en Luga-no ya que había visto en el noticiero que allí las casas se “remataban.

 

Se recorta una figura. La “oveja negra”.

 

Comienza a traer un “secreto” o “una sorpresa” en cada inicio de sesión. El secreto estaba referido a dinero que “encontraba” y las sorpresas a distintos juegos que traía:

- bol-itas, me enseñaba cómo jugar con ellas, como buscar golpearlas para ganar. El era poseedor de una gran bola de metal que podía “romper” una de vidrio, y “soportar cualquier golpe sin ser destrozada”.

- Llega con un albúm de Figuritas  de Dragon bol  Z. Me muestra qué prolijo y “que bien pegadas” están las figuritas. Con el pilón de figuritas sin pegar, me enseña cómo jugar a la “tapadita”: hay que arrojarlas contra la pared, si un competidor logra encimardos figuritas tres veces gana. Ese día mientras jugamos a la “tapadita”, relata entristecido una escena de violencia atroz de su madre hacia él porque comió un yogur destinado a su hermana, cuenta cómo pensó en clavarse un puñal en el corazón o escaparse para ir a Entre Ríos a vivir. El quiere seguir jugando pero ese relato quiebra mi posibilidad de sostener una escena lúdica, lo que él relataba era de verdad y lo tomo muy en serio, le pregunto si quiere quedarse en el Hospital ese día en vez de irse a su casa. Me dice que no, que lo que me dijo es un secreto y que no se lo contara a nadie, y que él iba a ir a su casa ese día. Entonces le propongo un trato que Juan acepta: si tiene esas ideas tristes, o si sus padres se violentan con él, vendrá al Hospital. 

- Jugando al pool, empieza a preguntarse por la bola negra. Si ésta cae antes del final, el juego se interrumpe. Esa bola dice, es mala, y por lo tanto propone dejarla fuera de juego.

Algo debe quedar por fuera del juego para que la escena lúdica se pueda sostener.

Me dice que tuvo ideas tristes mientras estuvo en su casa, pero que pensó en el “trato” que hicimos y entonces no hizo nada.

-Trae dos pelotas de golf y una tijera. Primero propone golpear la pelota contra la pared y la que vuelve primero gana. Luego propondrá recortar las figuritas pegadas en el álbum: el efecto es curioso, ya que al estar pegadas de ambas caras, con un mismo corte se recortan dos figuras a la vez: la pegada en el anverso y en el reverso. 

- Un día me dice: “Te voy a dar una piña”. Le contesto equivocando su frase: “Vos sabés que yo no soy de tener mucho hambre, no quiero comerme ninguna piña”. Juan se ríe, me pide un juego para llevarse a su casa y relata: “En mi casa no tengo juegos, yo antes cuando tenía tres años, tenía muchos juegos, tenía rompe cabezas, dominós, damas, ajedrez... pero me los robaron, vinieron los ladrones y se llevaron todo... a esos sí que si los encuentro les voy a hacer comer unas piñas!!!... Yo quiero ir a una casa donde haya juguetes... Yo quiero hacer un pacto con el diablo: le vendo mi alma por juguetes!”.

Novela que argumenta la temprana privación de piezas de su infancia...

- En otra oportunidad ingresa somnoliento al consultorio y exclama mientras bosteza: “Tengo un sueño!”. Le pregunto si no durmió bien porque algún ‘sueño’ lo despertó: “Si”- responde-”es un señor chiquito pero lo voy a dibujar grande, es así un diablito, tiene manos así, con garras, en los pies también... me quiere comer. Con éste cuchillo lo voy a matar, le corto la cabeza, le saco el corazón, las tripas, lo destripé”. Toma un cuchillo de juguete y juega a matarme, voy relatando la tragedia de mi despedazamiento: “Perdí la cabeza...¿habrá sido por amor?”, “Me rompiste el corazón!”, “Eso sí que me revolvió las tripas!!!”. Nos reímos.

¿Estaba en los albores de la construcción de una fobia?, ¿Ese diablo “descuartizador”, que le quitaba el sueño era un sustituto vía desplazamiento del padre?. ¿Es el armado de éste desplazamiento, un esfuerzo por hacer de la marca, letra?. ¿Es éste un intento de metaforizar un lugar fálico posible en el deseo materno?. ¿Qué la “mata de amor” a su madre?. Ya no encarna él al “diablo”, al “maldito”, a “la mierda”... queda ésta figura encarnada en un personaje ajeno, no-yo, generador del siniestro efecto del miedo.

-Me cuenta mientras dibuja un chancho y un chanchito, que su papá trabaja matando chanchos, que no lo hace porque quiere, sino porque le pagan. A los chanchos grandes se los mata con un golpe en la cabeza y a los chiquitos con un cuchillo. Da vuelta la hoja y dibuja “una caca con ojos que lo miran y un pis”. Le digo: “¡Qué puercos esos chanchos, deben estar cagados de miedo!”.

“Eso” que hacía un año y medio atrás irrumpía como una “presencia” arrasadora, ahora puede ser “re-presentado”.

-En nuestro último encuentro calcará los bordes de unas figuritas redondas sobre una hoja, dentro de una de ellas dibujará una forma redondeada irregular: “Es un hombre, creciendo, se murió y ahora se está reconstituyendo”. En otro de esos espacios en blanco delimitados por los bordes calcados de una figurita dibujará: “Un señor fuerte”. (Por primera vez dibuja dándole volumen al cuerpo y no ya meros palitos) .

El apropiarse de ciertas insignias paternas pareciera que le da “cuerpo” a Juan, que le posibilita verse en un espejo donde encontrar una figura amable. 

Al llegar el fin de la hora, hace la pantomima de un llanto, y recobrando la compostura dirá: “Así hace un amigo mío cuando extraña al papá, ..., te voy a extrañar.”

 

Y hasta aquí el relato de éste camino compartido, de un largo trecho de mi formación, y de un encuentro que “pegó fuerte” en mí...

Quizás el trabajo terapéutico permitió el inicio de la construcción de una escena de latencia... quedan preguntas a responder, dada la edad de Juan, catorce años al momento de interrupción del tratamiento, momento en que todavía no se observaban en él marcados caracteres sexuales secundarios: ¿cómo se subjetivará, que instrumentos y herramientas emocionales tendrá para hacer frente a la segunda vuelta sexual?, ¿cómo abordará su encuentro con el Otro sexo?,

¿Cómo pensar el pasaje del autoerotismo, de la perversidad polimorfa infantil, al acceso al goce del cuerpo del Otro en la pubertad, casi sin tiempo de latencia “entre”?,¿Cómo afrontará su responsabilidad frente a su deseo, él que pareciera recién estar comenzando a posicionarse en relación al juego, que lo ubica en un mundo mágico desde dónde ha crecido la esperanza de derrotar a los gigantes, a los ogros y a las brujas devoradoras de niños?...

 

 


[1] Una “casa” puede estar formada por “piezas”. Una persona puede “estar en una sola en pieza”. Existe cierta línea asociativa que une ‘pieza’, con ‘casa’, con ‘persona’.

[2] La familia de Juan vivía en una villa de emergencia, en una “casilla”.

 


Bibliografía:

Calvano, Miguel: “Los niños no matan”, en El Hospital Publico Hoy

Corea- Lewkowicz: "¿Se acabó la infancia?" (1999), Editorial Lumen, 1999.

Freud, Sigmund: "Pulsiones y destinos de pulsión" (1915), T. XIV Amorrortu Editores, 1990.

Freud, Sigmund: "Introducción del narcisismo" (1914), T. XIV, Amorrortu Editores.

Freud, Sigmund: "Mas allá del principio del placer" (1920), tomo XVIII, Amorrortu Editores.

Freud, Sigmund: " Dr. Anton von Freund " (1920), T. XVIII, Amorrortu Editores.

Winnicott, Donald : " El odio en la contratransferencia" (1947), "La agresión en relación con el desarrollo" (1950-1955), " La tendencia antisocial" (1956), en Escritos de Pediatría y Psicoanálisis (1958), Editorial Paidós, 1999.

Winnicott, Donald : "Deprivación y Delincuencia", 1984, Editorial Paidós, 1998.

 

 

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