LA VIOLENCIA DEL VACIO Y LA CAPACIDAD PARA PENSAR.
ABORDAJE CLINICO MULTIDIMENSIONAL DE RECONSTRUCCION DE "REDES DE SOSTEN" EN PSICOPATOLOGIAS SEVERAS DE LA ADOLESCENCIA.
UNA ALTERNATIVA A SU INSTITUCIONALIZACION.
Lic. Cristina Erausquin
E-mail: cerausqu@psi.uba.ar
"La experiencia de la libertad se vuelve insostenible en la medida en que no se logra hacer nada con esa libertad. Queremos la libertad, ciertamente por ella misma, pero también para poder hacer cosas. Si no se puede, o no se quiere hacer nada, esa libertad se convierte en la pura figura del vacío. Horrorizado ante ese vacío, el hombre contemporáneo se refugia rellenando laboriosamente sus "ratos libres" en una rutina cada vez más repetitiva y acelerada".... (1)
Como anuncia Castoriadis en ese párrafo, la crisis de valores en la sociedad contemporánea, que alcanza a los mismos procesos identificatorios, asienta en el derrumbe mismo de la autorrepresentación de nuestra sociedad, así como en el de la propia historicidad de la misma; en la relación de su presente con su pasado y su futuro.
Ya sabemos, desde la filosofía fenomenológica existencial, que no puede ser libre quien no ha aceptado la propia mortalidad. Y una verdadera democracia, como la forma social que se autoinstituye y autorreflexiona, vive precisamente en el marco de la muerte virtual de toda significación instituida. Sólo a partir de ahí puede crear, investir, producir significaciones. Y son esas significaciones sociales las que estructuran las representaciones del mundo que los individuos tienen; las que dan sentido y finalidad a sus acciones; y las que originan sus afectos.
No puede no haber crisis del proceso identificatorio en la sociedad en que vivimos, ya que ella misma no se autorrepresenta como morada de sentido y de valor, y como inserta en una historia pasada y futura que tenga significación. Esos son los pilares de la identificación en un Nosotros investido. Ese Nosotros está hoy dislocado y la sociedad corre el riesgo de representar para el individuo una carga que le es impuesta y a la cual dirige simultáneamente demandas ininterrumpidas: algo exterior en definitiva. El individuo vive actualmente inmerso en una carrera permanente de renegación de su propia muerte: corre, hace jogging, compra en los shoppings, hace zapping, se distrae. ¿Será ésta la única alternativa posible, cuando la religión se ha disuelto en la conciencia colectiva? Pienso que hay otro modo de ver el mundo y la finitud humana, que no niega la trascendencia, que nos obliga con respecto a las generaciones futuras, con la deuda que tenemos pendiente con las generaciones pasadas - ya que ninguno de nosotros sería lo que es sino como producto de miles de años de trabajo y esfuerzo colectivos -.
Si la modernidad significó la ilusión de la emancipación del individuo del sometimiento al medio familiar y social, la postmodernidad parece correr el riesgo de acentuar el individualismo hasta el nivel del egoísmo, convertir el conformismo en un simulacro de socialización alienante, y de destruir toda esperanza de trascendencia. La exaltación hedonista del cuerpo-máscara, corre pareja con la búsqueda de satisfacción inmediata de las necesidades, en una acelerada carrera en la que alternan el consumo y el "relax", como ausencia nirvánica de tensiones. La vida es un constante presente, y un permanente aislamiento, se busca el todo "sin esfuerzo"; "ponga la mente en blanco", "libérese", constituye el modelo de referencia que permanentemente difunden los medios de comunicación.
"La sociedad postmoderna - dice Lipovetsky - es aquella en que reina la indiferencia de masa y predomina el sentimiento de reiteración y estancamiento. Es ávida de identidad, de diferencia, de conservación, de tranquilidad, de realización personal inmediata. La gente quiere vivir aquí y ahora, y no ya forjar el hombre nuevo. Es la era del vacío, en la que los sucesos pasan y se deslizan. No hay lugar para la revolución ni para los compromisos. La sociedad es como es y la idea de cambiarla no se le ocurre a nadie" (2)
Aprovechemos esta conciencia reflexiva de la condición postmoderna, para volver sobre la condición de los adolescentes de hoy. Aparentemente, la postmodernidad propone a la adolescencia como modelo social, y a partir de ello se "adolescentiza" la sociedad misma. La adolescencia está dejando de ser una etapa del ciclo vital para convertirse en un modo de ser que amenaza con teñir del mismo tono toda la trama del tejido social. Los adolescentes parecen ocupar un gran espacio. Los medios de comunicación los consideran un público importante, las empresas los reconocen como un mercado de peso. Y sobre todo, los medios de comunicación "venden" este modelo: hay que llegar a la adolescencia e instalarse en ella lo más posible. El adulto deja de existir como modelo; se trata de ser adolescente mientras se pueda, y después ser viejo. Y ser viejo en una especie de vergüenza y de fracaso en la lucha contra el inexorable paso del tiempo, una señal de la salida definitiva del Olimpo adolescente.
Los padres ya no deben enseñar ni trasmitir experiencia, sino por el contrario aprender sobre todo el secreto de la eterna juventud. Dice F. Dolto: "Lo que más hace sufrir a los adolescentes es ver que los padres tratan de vivir a imagen de sus hijos y compiten con ellos. Los hombres tienen ahora amiguitas de la edad de sus hijas y a las mujeres les gusta hoy agradar a los compañeros de sus hijos, porque precisamente ellas no parecen haber vivido su adolescencia. Están presas en la identificación con sus hijos...". "Ante las necesidades de su progenie, los padres dejan hacer y se abstienen de educar. Si ya no hay niños, tampoco hay adultos. Los adolescentes se ven obligados a ser padres de sí mismos, situación que les da una libertad que no saben ni para qué ni cómo usar. Los adolescentes carecen de reglas de autopaternalización. ¿Cómo van a saber conducirse en sociedad si no reciben ninguna enseñanza por el ejemplo o el diálogo con los padres? La televisión se convierte en única fuente de referencia de niños aislados en departamentos vacíos de adultos". (3)
Por otro lado, si para la mayoría de los individuos, hoy, es imposible acceder al trabajo y conservarlo, los jóvenes tienen poca o ninguna posibilidad de conquistar ese derecho. Como dice V. Forrester, es ésa una forma de supervivencia que ha prescripto, y más aun para los jóvenes. El desastre al cual están condenados de antemano- el horror del vaciamiento de sentido del trabajo como dimensión humana - no deja margen para ilusión alguna. Ese destino los margina sin concesión y los expulsa del tejido social, a los guettos de la gente sin trabajo ni perspectivas.
El porvenir con el que los jóvenes deben cargar hoy es un porvenir vacío, despoblado de lo que la sociedad ha supuesto tener de positivo. ¿ Y son ellos los que no se integran?Aquellos cuya juventud transcurre en esas trampas, consciente o inconscientemente, prefieren no visualizar el futuro. "Frente a la pregunta " ¿Cómo te ves dentro de diez años?", responden "Ni siquiera me veo el próximo fin de semana" ¿Y después se los declara culpables de habitar zonas de marginalidad? Si están condenados a ellas de antemano!". (4)
Si pensar es proyectarse, e imaginar alternativas, si pensar es anticipar resultados posibles de desarrollos lógicamente representados, ¿cómo pensar si se desemboca en el vacío?, ¿cómo vincular medios a fines, si no hay patrones de previsibilidad ciertos? Este modelo social enseña a desaprender a pensar. Y más aun a los jóvenes, a quienes más se amenaza con la abdicación de los adultos y el vaciamiento de las perspectivas del trabajo humano. O el egocentrismo evolutivo del pensamiento formal se torna intelectualización autorreferente o vacía, o se utilizan mecanismos eficaces para el logro utilitario de metas inmediatas, o las representaciones hacen cortocircuito, convirtiendo la ausencia de pensamiento en actos vacíos de sentido reflexivo y crítico. Paradójicamente, mientras la sociedad se "adolescentiza" en la pantalla del eterno consumo del presente, en la de la libertad sin responsabilidad hacia lo colectivo, en la eternidad de la inmediatez de la satisfacción, el espacio de la adolescencia como auténtica "moratoria psicosocial" se pulveriza.
Entendida la moratoria como condición para que una sociedad pueda innovarse, renoverse y transformarse, la adolescencia es necesaria para que acontezca la impugnación, la crítica del canon heredado, la confrontación. La sociedad postmoderna tiende a la disolución o neutralización de ese espacio, por la vía de generar tales carencias o apremios que tengamos adolescentes que ejercen roles adultos - supliéndolos antes de tiempo en el camino de la vida - , o por la vía de mantenerlos en un estado de protección o dependencia tal que haga imposible toda impugnación constructiva.
"Hoy tenemos indiferencia más que confrontación generacional. Y sin confrontación generacional una sociedad se pueriliza y evita crecer a partir de la crítica. La adolescencia es una conquista social que puede ser perdida." (5). Lo que ocurre a partir de la nueva Ley Federal de Educación, el fenómeno que se ha llamado la "tupac-amarización" de los adolescentes por efecto de la fracturación de la Escuela Media, constituye un doloroso ejemplo de lo que este modelo social hace un un espacio transicional, potencial, de desarrollo del ciclo vital humano. A ello hay que agregarle que no hay un diseño social que permita al adolescente resignificar su identidad a través de educación y trabajo, sin que sean excluyentes ambas dimensiones. Se necesita una escuela y un trabajo para todos en esta etapa de la vida, para que haya toma de conciencia, para que haya pensamiento fértil, capaz de proyectarse a la transformación de la realidad.
¿Por qué, después de esta mirada, volvemos a pensar en la clínica de importantes trastornos psicopatológicos de la adolescencia: las patologías de la auto y heterodestructuvidad? Como dice Winnicott, la salud social depende de la salud de los individuos. Y muchas veces, puede medirse la salud de una sociedad por el grado y el modo en que se hace cargo de sus miembros enfermos. " El hombre tiene, cuando es suficientemente sano, experiencias culturales de una variedad y riqueza infinitas, superiores a las de cualquier especie animal. Sabemos, no obstante, que son los hombres quienes son capaces de destruir el mundo. Si esto se produce, moriremos, acaso, en una última explosión atómica, sabiendo que en esa destrucción no hay salud sino miedo, y que representa el fracaso de la gente sana y la sociedad sana, que no supieron hacerse cargo de sus miembros enfermos". (6) Los fenómenos patológicos de los adolescentes nos obligan a pensar en los obstáculos que como sociedad tenemos para crecer.
Por eso, presentamos una modalidad de abordaje clínico multidimensional, que reconstruye la red de sostén o "andamiaje" necesaria para abrir un espacio en el que adolescentes, familias, y nosotros, recuperemos nuestra capacidad para pensar lo por-venir y generar acción creadora. Es una alternativa a la institucionalización del adolescente, sancionado como único enfermo, y constituye una oportunidad para que su familia re-signifique el proceso alienante en el que participa como víctima y victimario.
El modelo fue conocido como "Hospital de Día Domiciliario en Salud Mental". "Hospital de Día" porque el sistema recupera, resignificándolos, los principales aportes de la estrategia clínica de esa institución asistencial contemporánea. El Hospital de Día, situado en la frontera entre la internación y la externación, evoca un territorio marginal, periférico, de borde, fértil para el descubrimiento y la innovación. Lugar de intersección de prácticas y conceptualizaciones diversas, lugar de interdependencia de variables y dimensiones múltiples.
"Domiciliario" porque, profundizando la tradición de la Psicología de Familias y Comunidades, aprovecha los recursos y energías del hábitat, la familia, y el entorno social, para reconstruir la red de apoyo que el desarrollo perturbado necesita. Cuando ella es posible, la Asistencia Domiciliaria resulta menos costosa, en múltiples sentidos, que la internación en una institución psiquiátrica tradicional.
El equipo terapéutico interviene para reconstituir la red psicosocial necesaria para sostener la continuidad del proceso madurativo. Trabaja sobre las fallas del "ambiente facilitador", permitiendo al individuo reencontrar el potencial de creatividad perdido, y a la familia, redescubrir sus capacidades y límites para la crianza y formación de sus miembros.
Winnicott sostiene, en un escrito ya clásico, que las madres que han fallado en su adaptación primaria a las necesidades del yo de su pequeño, que no han tenido éxito en la tarea inicial del amor primario, pueden tener una segunda oportunidad de ejercer una terapia con éxito sobre el complejo de desposesión de su hijo. Lo mismo ocurre con las familias y las comunidades. Es un ese espíritu de "segunda oportunidad" que el Programa de Hospital de Día Domiciliario se inscribe en las políticas de Salud Mental y Salud Pública que una sociedad imparte para contener como propios a sus miembros enfermos.
Su posibilidad se asienta en un trípode, consustancial a la vida democrática de las sociedades: a) protagonismo participativo del actor social en la resolución individual y colectiva de los problemas; b) interacción interdisciplinaria, y c) promoción de una cultura de la solidaridad y de la implicación recíproca de las individualidades en la construcción social de las transformaciones.
Se recuperan, en el diseño del Programa, los modelos conceptuales de la Psicología Comunitaria contemporánea: 1) el de las Poblaciones y Factores de Riesgo - para su aplicación a los adolescentes; 2) el de las Crisis, en su doble vertiente: de desemboque en la enfermedad y desadaptación duradera, o de apertura para nuevos horizontes y crecimiento vital; y 3) el de los Sistemas de Apoyo Social y su relación con la acción del Stress sobre el individuo, que puede tener distintas consecuencias según la influencia mediadora que ejercen sobre la salud individual y del grupo familiar, o sobre la enfermedad.
En cuanto a los modelos clínicos, han sido de especial significación los conceptos de procesos inconscientes y transferencias del modelo psicoanalítico, y en especial, los aportes de D. Winnicott, y su conceptualización delos Fenómenos Transicionales, la importancia del Ambiente Facilitador del Desarrollo madurativo, y la relación entre "holding" terapéutico y las distintas formas de la dependencia, vinculadas a fallas ambientales en distintas fases del desarrollo, que se reeditan en la regresión transferencial.
Comenzamos a trabajar en abril de 1993, a partir de un convenio suscripto con la Obra Social de la Universidad de Buenos Aires para la asistencia de sus afiliados. Al principio, el Programa atendía sólo a personas mayores de 65 años, afectados por enfermedades o deterioros psicofísicos invalidantes, que impedían su asistencia en centros ambulatorios. Desde 1994, se incluyó la atención con este sistema, de niños y adolescentes con trastornos graves del desarrollo: autismo, psicosis, anorexia y bulimia, depresión profunda con riesgo de suicidios, etcétera.
En los pacientes asistidos, las circunstancias vitales se tornaron traumáticas, por la combinación de factores accidentales y disposicionales. Ello favoreció un estado de dependencia emocional masivo y una regresión yoico-pulsional significativa. El "holding" propiciado por el Programa abre la posibilidad de un juego transferencial múltiple. En él se reeditan las acumulativas fallas de provisión ambiental vivenciadas, y se despliegan sobre los personajes incorporados al escenario de lo cotidiano.
¿Por qué un equipo conformado por distintos profesionales? El psicoterapueta facilita la asociación y elaboración, la resignificación de experiencias, el insight, utilizando el "manejo" y la interpretación, cuando es oportuna. El terapeuta familiar es orientador, consejero, asesor, mediador en la resolución de conflictos interpersonales, puente reconstructor del feed-back y la comunicación. El acompañante terapéutico se asimila al mundo de lo cotidiano, decomprimiendo a la familia del cuidado y la observación del comportamiento del paciente. Amplía las posibilidades de recreación, acción eficaz, articulando medios y fines, y armonizando ocupación y descanso, placer y reconocimiento del dolor. Contribuye a recuperar los sentidos que se han escapado de la rutina cotidiana e insertarlos en la actividad creadora. El terapeuta corporal toma contacto con el cuerpo desinvestido y disociado, para tornarlo sensible e integrado a la trama existencial, proporcionando oportunidades para la relajación, la concientización del self corporal, el ablandamiento de las defensas rígidas, la redistribución y movilización de la energía estancada. El terapista ocupacional recupera el quehacer disgregado, fútil o sin sentido, para encontrar en el interés personal la fuente de la asignación de significados al hacer o no hacer. El psiquiatra organiza una medicación que contenga las tendencias a la disgregación motriz, sensorial o mental, y los desequilibrios entre tensión excitante y quietud inerte.
El equipo terapéutico logra en conjunto, y en interacción con el medio familiar y el ambiente social, "modelar" un sistema de cuidados y autocuidados, ayudando al paciente a juntar sus estados, reconociéndolos como perteneciendo a una misma persona. Y en la medida en que la familia lo recupera como integrado, puede ayudarlo mejor, porque ha incorporado, por observación, y reflexión, el "modelo" construído.El paciente va adquiriendo mayor autonomía y autodeterminación. En el movimiento por el cual sus manifestaciones despiertan con la intervención de los distintos agentes terapéuticos, se rearma su unidad subjetiva. Y es desde lo separado como diferenciado pero articulado, en el equipo, que los diversos agentes se vinculan con lo no integrado del paciente y su familia.
Es fundamental el espacio de la supervisión e integración reflexiva del equipo terapéutico. Los distintos agentes reorganizan allí su perspectiva unilateral, en un proceso de descentración de la propia lectura, que permite comprender los problemas planteados por la propia disciplina desde los esquemas mentales creados para entenderlos desde las otras. En la convergencia interdisciplinaria, la mente se abre a la diferencia, guiada por la singularidad de un sujeto, que es la preocupación compartida. En ese espacio se desarrollan la evaluación de objetivos y estrategias terapéuticas, metodologías y técnicas, transferencias y contratransferencias múltiples del paciente, la familia y el equipo.
El conjunto de actitudes y conductas que llamamos "holding", son fundamentales en la atención de personas que han sufrido las fallas en la constitución del puente ilusional entre sujeto deseante y confianza objetal, o que lo han perdido y necesitan reconstruirlo. La constitución adecuada de la zona de ilusión-desilusión en las etapas tempranas de la vida, no garantiza por sí sola la salud del adulto, si no es acompañada de nuevas garantías del ambiente para la seguridad y el estímulo madurativo en las distintas etapas de la vida. Conceptualizamos una zona de interpenetración entre espacios terapéuticos y espacios transicionales del desarrollo, en la atención de niños, adolescentes y ancianos. Son espacios de exploración y ensayo de alternativas existenciales, de integración de aspectos disociados de la personalidad, de oportunidades para familias y ambiente de reparar sus fallas en la contención del proceso madurativo; de construcción de modelos para la toma de decisiones y de perfiles personales de "acción específica".
No es la finalidad del equipo terapéutico la de satisfacer una demanda de amor insatisfecha, fijando al paciente a una nueva dependencia a un objeto idealizado.Sí la de sostener la regresión a los estados de dependencia primitivos, a fin de hallar los vestigios del "self verdadero" y el impulso creador. Siempre con la conciencia de ser "objetos transicionales", destinados a fallar, y favorecer por este medio la reedición de importantes fallas primarias del ambiente facilitador. Siempre destinados a ser finalmente objetos de desecho, una vez cumplida la función de reconstituir el puente de ilusión-desilusión. Representada la historia subjetiva en la transferencia, el telón cae y ni siquiera es necesaria a veces la interpretación.
¿Cómo se entreteje lo antedicho con la compleja tarea destinada a padres e hijos en la adolescencia? Para los hijos, se trata de desafiar a los padres y ocupar su lugar en el camino intrínsecamente agresivo del crecimiento. Enfrentarán la "fantasía del asesinato", y lo harán de veras. Para los padres, se trata de sobrevivir al desafío, sin abdicar precozmente de su lugar. Si pueden sostenerse, la confrontación será posible, si mantienen su responsabilidad durante el despliegue del juego de la vida, y sobreviven, el crecimiento y la confrontación serán contenidos.
Hemos tenido el privilegio de desarrollar el trabajo con adolescentes y familias casi como una filigrana, un tejido artesanal a la medida de un sujeto y su padecimiento. El equipo terapéutico se ha articulado con la familia en el objetivo de encontrar y reconstruir lo subjetivo de un ser. Ello permite contrarrestar el peligro justamente señalado, de la atomización de las intervenciones terapéuticas múltiples. No es una sumatoria de ópticas y acciones yuxtapuestas, de especialistas diversos, lo que se pone en juego, como en muchas instituciones de salud mental tradicionales. Hay una preocupación común, que convoca a un equipo en torno a un sujeto, que los ubica en un escenario y los hace jugar un juego, en que cada uno asume un rol en relación a alguna falla del ambiente facilitador, que revivirá en la transferencia. No se cura porque no se falle, sino porque se falla, aunque de un modo y en un momento tal que la falla y su efecto son reintegrados al proceso de metabolización psíquica.
Máximo, joven de 16 años, tiene antecedentes de consumo de sustancias tóxicas varias desde los 14. Al cumplir 15 años, luego de un festejo familiar, ingiere una fuerte cantidad de pastillas y alcohol, y es asistido de urgencia en el hospital universitario por una sobredosis que culmina en un diagnóstico de intento de suicidio. Nos consulta la madre del paciente, para evitar una internación en un instituto de rehabilitación de menores. El motivo de consulta es el consumo de drogas, y algunos hechos de robo y ataque a la propiedad privada de su abuela materna, con quien convive junto con su madre. En la primera entrevista familiar, los hermanastros sancionan al paciente como desadaptado y vicioso, recomendando su contención y represión. La madre no se diferencia demasiado de la descalificación general, y el paciente se coloca en la posición de mártir capaz de ser sacrificado por la incomprensión de todos.
Máximo no ha visto a su padre desde los 5 años, la madre no ha requerido judicialmente su participación en el mantenimiento del hijo. Ni siquiera este padre ha legado su apellido al joven. Similar destino ha tenido una anterior pareja de la madre, con quien tuvo los tres hijos que concurren a la entrevista familiar. El proceso terapéutico se instala en un lugar que permite que algo de la omnipotencia fálica materna ceda. La abuela abandona la convivencia y algo se desarticula del poder matriarcal. El joven instala una elección homosexual de objeto como pasaje exogámico, y reclama su derecho a ser respetado en su decisión. Cede el consumo de drogas y la desorganización de los comportamientos. Máximo aprovecha el espacio del acompañamiento terapéutico para recuperar su disciplina de estudio y aprendizaje. En el momento de la interrupción del proceso por razones institucionales, había conseguido un buen trabajo, y comenzaba a lidiar con su sin duda conflictiva relación con la autoridad y la ley, pero en un contexto productivo y en el que podía desplegar el conjunto de sus recursos y potencialidades creativas.
José, de 22 años, acude a la consulta con sus padres, unas semanas antes de que ocurra un estallido psicótico de importantes dimensiones. El joven, poseído por un delirio de influencia, interviene en una escalada de acciones intempestivas e incontrolables, que generan serias perturbaciones en el orden familiar y social, y en la continuidad de sus propios proyectos vitales. Golpea a un compañero de estudios en un lugar público y lo lastima, acosa a una joven compañera, y finalmente atropella a un profesor universitario ante testigos, y como resultado es suspendido como alumno regular de la Facultad de Derecho y se le inicia sumario administrativo y demanda penal. A partir de allí, se despliega el "brote", en toda su amplitud sintomática: alucinaciones visuales, temblores incontrolables, delirio paranoide sistemático, crisis de angustia, alteración profunda de la interpretación de la realidad.
A la manera de "Un caso atendido en el hogar", de Winnicott, los padres, para reparar el tejido dañado de su propia provisión ambiental, ponen a disposición su propia estructura paranoide para montar una fortaleza-hospital en torno a José. El terapeuta coordina las intervenciones y guía a la familia en su ejecución del control y la organización de los comportamientos sociales del joven. Se planifica la recuperación de su potencial adaptativo, con los recursos preexistentes, articulados de un modo diferente. El psiquiatra indica y supervisa la medicación necesaria: antipsicóticos, pero que permitan la reintegración gradual a adaptaciones productivas. José asiste a psicoterapia dos veces por semana.
El acompañamiento se instala en la tarea de abrir puentes para el camino de la endogamia a la exogamia, dando garantías a través de la orientación, de la no precipitación en nuevos peligros sociales. Es "el amigo íntimo" de la adolescencia, con quien se revive la dramática de lo no vivido en su momento, la transferencia homosexual narcisista. La terapista ocupacional apuntala el fortalecimiento del proceso secundario: trabaja sobre la ligadura de la energía en el pensamiento, la búsqueda de medios para el logro de fines, la identificación y anticipación de necesidades, y el ensayo y verificación de las acciones específicas. Es la "maestra" permeable e idealizada, empática, en la que florecen afectos de corte edípico. José nunca fue internado en una institución psiquiátrica. Las dosis medicamentosas han sido considerablemente reducidas.
Actualmente, después de un año de Hospital de Día Domiciliario, continúa psicoterapia en forma ambulatoria. Pudo recibirse de abogado, trabaja y tiene recursos propios con los que sostiene su terapia, aunque todavía no ejerce profesionalmente, sino como docente. Ha descubierto que su crisis ha sido el emergente de una falla en la estructura matricial de su familia. El padre ha revelado su abdicación existencial, y exhibe su aparentemente indolora renuncia al papel de jefe del hogar, y su investimiento confirmatorio y ambivalente del hijo como ideal fálico materno. José se deprime. La locura va cediendo lugar al profundo dolor psíquico que le embarga, al reconocer la fisura de la trama estructural de su familia.
Quiero subrayar la importancia que para nuestra sociedad tiene el desarrollo de la investigación sobre la adolescencia normal y patológica, los modelos de intervención clínica y de cuidado de su salud, las herramientas y recursos utilizados, y los resultados obtenidos. Los tiempos actuales requieren que la atención se descentre del estudio de las patologías al descubrimiento de las condiciones y factores que influyen y`posibilitan un desarrollo saludable. Pero la actividad clínica, sobre todo en países como el nuestro, en los que ha tenido un desarrollo importante, influído por el modelo psicoanalítico, ofrece oportunidades privilegiadas de observación sistemática y de reflexión, que a la vez es contrastable entre distintos agentes y modelos de intervención. Si ese material es evaluado rigurosamente, permite constatar cuáles son los factores que inciden en el sufrimiento y malestar, y qué es lo que hace que una persona recupere potencial, lo mantenga o no lo pierda, qué condiciones favorecen la continuidad existencial o su fractura, tanto en el plano biológico, psicológico, social, económico o cultural, qué se pierde y qué se gana en cada etapa de la vida, y cómo se inscriben los acontecimientos en la trama psíquica de un sujeto.
Quiero dedicar las últimas palabras a los integrantes de estos equipos terapéuticos. Ellos renuevan su esperanza y desesperanza de brindar oportunidades de simbolización de las heridas, sufridas en el proceso madurativo, por estos adolescentes, y de restituir a sus padres su lugar en el sostén dificultoso de las viscisitudes del desarrollo. Agentes de salud comunitarios, anónimos testigos de historias revividas en la transferencia, son puentes para la reconstrucción de la red de solidaridad que la sociedad les debe a sus miembros enfermos. Pero la sociedad les debe también a ellos, el cuidado y sostén que necesitan, a través del suministro de reconocimiento y estima a su labor, límites a su omnipotencia, espacio para el proceso de ilusión-desilusión, oportunidades para participar en el diseño de propuestas terapéuticas innovadoras, y crecimiento profesional. Es necesario que el mejoramiento de la calidad de vida de la población a la que asisten, también los alcance a ellos.
BIBLIOGRAFIA
Castoriadis, Cornelius. "El avance de la insignificancia". 1997, EUDEBA y Secretaría de Relaciones Universitarias de UBA
Lipovetsky, Gilles. "La era del vacío. Ensayos sobre el individualismo contemporáneo",Barcelona. Anagrama. 1986
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Gagliano, Rafael. "La tupac-amarización de la adolescencia". Revista "La educación en nuestras manos". Año 6 Nº 46.1997
Forrester, Viviane. "El horror económico".1997. Fondo de Cultura Económica. Bs.As.
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Winnicott, Donald. "Escritos de Pediatría y Psicoanálisis". Edit. Laia. 1958
Winnicott, Donald. "Los procesos de maduración y el ambiente facilitador". Paidós, 1993
Goldstein, Raquel. "¿Una nueva categoría objetal? El objeto transicional de Winnicott". Revista de Psicoanálisis.